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El libro Raúl Anguiano, orígenes y apogeo, documenta el proceso de formación y desarrollo del pintor y grabador






En 1969, el poeta Carlos Pellicer escribió: “El maestro Anguiano que ejerce la brujería –todo artista verdadero anda en ello- le ciñó una cuerda a la Venus primitiva”. El hechizo que hizo sucumbir en forma lo inasible, viene a encantar la mirada página a página del libro Raúl Anguiano, orígenes y apogeo, una coedición del Taller de Comunicación Gráfica y la Secretaría de Cultura.

El volumen que nace como homenaje de Los Contemporáneos A.C. y en el que por vez primera, como lo afirma Brigita Liepens (pareja del pintor por más de 40 años), se da a conocer una importante colección de su obra en dibujo, el acervo que aquí aparece es casi desconocido e inédito.

En El punto y la línea señaló Kandinsky que “Los elementos básicos o primarios son de naturaleza compleja”, en esa sintonía, para Raúl Anguiano el dibujo “es la expresión más importante, el ejercicio básico de las artes plásticas”. Probablemente el dibujo es el captador del gesto, elemento volátil pero que señala la dirección hacia el centro, hacia la esencia.

No será entonces espontáneo que los primeros dibujos que aparecen, sean manos. El primer Goliat de todo artista plástico es esa parte del cuerpo humano, el dibujo que antecede la presentación de este libro, una mano, da la bienvenida. En el eterno movimiento sugerido avanza hacia el lector dispuesta a conducirlo por sus páginas, se ofrece serenamente amistosa, es tan sencillo tomarla.

Los dibujos que recoge este homenaje recorren algo de sus trabajos de adolescencia y juventud, pero sobre todo los realizados en los años cuarenta, que le eran especialmente queridos del artista, y que para algunos críticos corresponden al periodo más logrado en su hacer artístico. Lápiz, carbón, acuarela son la extensión de los ojos en esta colección.

Toda índole de escenas callejeras, personajes cotidianos de la gran ciudad, plasmó desde su llegada a la capital, pero desde su infancia recreó lo popular revelado en costumbres y celebraciones, se anota en la introducción de este libro, que incluye notas de Emmanuel Palacios, Justino Fernández, Margarita Nelken, Jean Cassou, un poema de Pita Amor, Enrique F. Gual y el poeta Carlos Pellicer, entre otros, acerca de la obra del artista.

Rasgos, imágenes y paisajes, temas y formas, todo lo recorrió Anguiano con la compulsión del descubrimiento de lo extraordinario, pero aquí hay un distenderse en el cuerpo femenino. Un recorrido que es juego de espejos cuyo único reflejo sería lo femenino en una representación infinita.

El dibujo titulado, El discurso de la dirigente agrarista, de 1942, retrata la reciedad de la mujer en batalla, sostiene en su mano izquierda un papel, su mirada está fija en él y su boca de gruesos labios insinúan el instante en que dice lo que lee, las cejas puntiagudas revelan su carácter decidido, está de pie, parecería estar sola si no fuera porque detrás de una de sus piernas aparece un zapato de mujer y un poco de la pierna que no llega a la pantorrilla. Está acompañada, sin embargo el sombrero de paja bien ceñido a la cabeza, la firmeza de su cuerpo, el dominio de sí misma, dicen que en ella se contiene toda la fuerza necesaria para el combate.

Tal vez la mujer se revela cuando se abandona a sí misma, apartada de las miradas con su exigencia voraz, lejos de la ropa que la ciñe o la suelta: cuando se desnuda sólo para ella. Eso parecen decir las mujeres desnudas, exuberantes, entradas en carnes o delgadas. Sentadas, de rodillas, apoyadas sobre una mano, o la mano descansando en la cintura. Ensimismadas, sonrientes, mirando de frente o desviando la mirada; la serie corre sin títulos desde el dibujo 62 hasta el 77, unida por la ondulación del movimiento que parte del interior hacia revelarse en lo externo. La tinta da continuidad al brazo que llega al pecho, a la espalda que se encuentra con la mano, cada dibujo navega en entre curvas, planicies y rectas, entre mansedumbre, hostilidad, dulzura y desafío. El sosiego de la mujer que se contempla a sí misma.

El propio Raúl Anguiano manifestó que era realista, pero que el suyo es un realismo que abarca desde la interpretación directa y fresca de la realidad objetiva, hasta el expresionismo abstracto. El paisaje social de México fue visto a través de lo caricaturesco y lo trágico, que pueden verse en el dibujoLadrón que despista al gritar al ladrón, de 1938. Hombre león que viste una camiseta y gorra a rayas como la vestimenta “oficial” del ratero de aquellos años, combinado con un saco de frac.

Su rostro es el de un león enseñando los colmillos, de la gorra sobresale la larga melena del animal y de los pantalones escapan las patas con filosas garras. A cuestas lleva un saco en el que se lee: La india, Australia, Indonesia, Grecia. Ha robado y lleva en su costal a un hombre del que alcanzamos a ver las escuálidas piernas, entre ellas una torre petrolera. En la esquina superior izquierda se lee Al ladrón!! Al Ladrón!! Esta transfiguración da la voz de alerta para desviar la atención hacia otro, mientras que es él mismo el saqueador.

Goyesco resulta el dibujo titulado El enano y la bruja, también de 1938. En el que todo es deformidad y contradicción que impide llegar a lo cómico al detenerse en lo monstruoso y grotesco. Una curvilínea mujer fuma un cigarro del que escapan gruesas volutas de humo. Del rebozo que cubre la parte superior de su cuerpo, escapa un pecho redondo y puntiagudo al mismo tiempo, el pie derecho está calzado, pero el izquierdo está descalzo. La transparencia de su falda permite ver las formas juveniles de un cuerpo que tiene el rostro envejecido y deforme que semeja una máscara horripilante. A la altura de la cintura está el enano, el cuerpo diminuto, que va desnudo parece el de un niño, el gran sombrero de paja cubre su cabeza, y de su rostro únicamente alcanzamos a ver la larga barba. El juego inquietante de la deformidad reunida con lo sobrenatural, refleja la mezcla de creencias y temores característicos de nuestro país.

El retrato masculino y femenino, el circo, los paisajes, son también temas que aparecen en este libro de colección.

José Raúl Anguiano Valadez (Guadalajara, Jalisco, 26 de febrero, 1915 - Ciudad de México, 13 de enero, 2006) fue pintor, muralista y grabador. En 1938 fundó el Taller de Gráfica Popular, al lado de Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Pablo O´Higgins y Fernando Castro Pacheco. Fundó el Salón de la Plástica Mexicana, donde ejerció la docencia, así como en la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Perteneció a la tercera generación de muralistas. Integrante de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), su obra forma parte de reconocidas colecciones nacionales y extranjeras en las ciudades de México, Nueva York, Bruselas, Polonia, China, Suecia, Francia, entre otras. Desde 1993 fue miembro del Sistema Nacional de Creadores, entre otros muchos premios; el año 2000 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes.

Raúl Anguiano, Orígenes y Apogeo. Taller de comunicación gráfica/ Conaculta, México, 2015, 239 pp.

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