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El legado de Diego Rivera representa el momento cumbre de la pintura moderna mexicana





México sería un país impensable sin el dibujo, el color y la luz que Diego Rivera le dotó y que son parte de nuestra identidad, afirmó María Cristina García Cepeda, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), durante la conmemoración del LIX Aniversario Luctuoso del artista plástico en el Museo Mural Diego Rivera.

Durante la ceremonia, a la cual asistió Guadalupe Rivera Marín, hija del muralista y presidenta de la Fundación Diego Rivera, la directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes afirmó que este año importantes exposiciones se han presentado en el extranjero en las que el nombre y trabajo de Diego Rivera (Guanajuato, 8 de diciembre, 1886-Ciudad de México, 24 de noviembre, 1957) han estado presentes.

Es ocasión de reiterar nuestro compromiso ante la sociedad, de velar por la debida conservación de su legado, promover su conocimiento y el mayor disfrute para todo público, con la seguridad de que a diario nos empeñamos en este compromiso, indicó.

Por su parte, Guadalupe Rivera Marín agradeció a la Secretaría de Cultura la realización de esta conmemoración luctuosa frente a una de sus obras más representativas: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central en el Museo Mural Diego Rivera, ya que la Rotonda de los Hombres Ilustres se encuentra en mantenimiento. 

Tras guardar un minuto de silencio, la hija del muralista reconoció el empeño del titular de la Secretaría de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa, por conservar y difundir el legado de este artista que representa el momento cumbre de la pintura moderna mexicana.

El muro de los lamentos

En su oportunidad, la doctora en Historia del arte, Susana Pliego, ofreció la conferencia El muro de los lamentos: el mural del Rockefeller Center de Diego Rivera, en la cual recordó algunos aspectos sobre el proceso creativo de la obra, así como el contexto social, político y económico en el Nueva York de 1933.

El mural, destruido en 1934, a menos de un año de su realización, por el contenido socialista, plasmaba una escena que incluía el retrato de Vladimir I. Lenin en el Rockefeller Center, edificio considerado corazón del capitalismo.

Susana Pliego señaló que la composición final fue muy diferente a lo aceptado en bocetos por los arquitectos del inmueble, en el cual a pesar de su conocida postura anticapitalista participaría Rivera, artista que en ese momento gozaba de gran reconocimiento y prestigio en el mundo.

Diego Rivera retó a sus mecenas de muchas maneras: cambiando la técnica del óleo al fresco, pintando emblemas del comunismo dentro de la escena, poniendo banderas con un intenso color rojo, incluir a personas de distintas razas, montar una escena de Wall Street con una visión decadente del capitalismo en contraste con el progreso socialista, entre otras.

Cabe señalar que hasta 1941, siete años después de destruir el mural a punta de cincel y martillo por indicaciones de la familia Rockefeller, el espacio fue ocupado tras haber permanecido olvidado y ser conocido como el muro de los lamentos por los arquitectos creadores del imponente rascacielos.

La pulverización del fresco, dijo, polarizó la discusión acerca de quién es el dueño de la obra, si el creador o el comprador, además la especialista afirmó que el muralista utilizó como propaganda la misma destrucción de la obra en contra de los intereses capitalistas, por lo que no es improbable que el artista haya concebido la obra como una provocación para su destrucción inmediata.

Rivera es un personaje inagotable, artista imprescindible del panorama de la plástica mexicana del siglo XX, destacado exponente del muralismo mexicano y también uno de los creadores más reconocidos nacional e internacionalmente, quien fincó sus ideales en nuestras raíces e historia nacional.

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