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Francisco Hernández, un poeta que cabalga con y contra la palabra, merecedor de la Medalla Bellas Artes




La noche del martes 22 de noviembre, el poeta Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) se desprendió de su ropa térmica, bufanda y tapabocas azul, para recibir la Medalla Bellas Artes.

Así lo refirió el propio escritor quien, rodeado de amigos y colegas, dedicó la presea recibida en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes a su esposa Leticia Arróniz y fue reconocido por ser siempre fiel a sí mismo, por ser un creador de convicciones y por su trabajo lleno de entrega, generosidad y destreza.

“¿Qué es una medalla?, ¿una protección religiosa que requiere ser colgada como un collar o una especie de metálico bálsamo capaz de alejar a una enfermedad pulmonar con algo de sordera, tos y poco estilo? Si me lo permiten es un cero a la izquierda, un cero a la derecha y una imagen en el centro de la melancolía que se desmorona cual puño de polvo”.

El Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura 2012 aseguró que aparte de los 25 libros de poesía, un diario, un libro de artes visuales y otro de artículos periodísticos aún inédito, no ha realizado nada más.

“Entre mis limitaciones confieso no traducir ninguna lengua, no haber vivido en el extranjero más de dos meses, no tener gusto por las novelas y no ejercer ninguna actividad docente. Por suerte, alguien me ofreció dar talleres de creación literaria y los he llevado a cabo sobre todo en Oaxaca.”

En su intervención, el poeta evocó a tres personalidades que formaron parte de su vida: “Esta lectura es una especie de homenaje a mi padre, porque al mostrarle mis primeros intentos literarios me dijo con un tono ligeramente teatral: ‘Tú tienes que ser un hombre de bien, no sigas publicando basura’.

“También lo es para el poeta Guillermo Fernández, magnífico traductor del italiano, quien después de leer mi primer libro comentó: ‘Tu poesía es átona, gordo, así no vas a llegar a ningún lado’.

“Y el tercer homenaje es para el maestro español Patricio Arredondo Moreno, llegado a mi pueblo después de la Guerra Civil, dándole nuevos enfoques a la educación, mediante un método que se niega a desaparecer. No obstante, el viejo cascarrabias tenía sus cositas. Una vez en quinto año me pasó al pizarrón para resolver un problema de aritmética. Me quedé más de cinco minutos con la boca cerrada hasta que Patricio estalló, me dio una cachetada, me empujó hacia mi silla y gritó: ‘So guarro, no sabes una palabra de nada y le echas la culpa a la escuela’.

En representación de la Secretaría de Cultura, María Cristina García Cepeda, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes, fue la encargada de entregar la distinción al poeta.

Destacó que su obra ha tocado varias generaciones y nos ha acompañado en la asombrosa aventura que es el conocimiento y la apreciación de la poesía.

“Ha revitalizado con su voz la poesía mexicana de nuestro tiempo. Pensamos en él como un poeta comprometido con su obra personal, íntima, necesaria, que enriquece nuestras vidas y nos enfrenta lo mismo al desencanto que al amor, la soledad, la violencia y desde luego a la propia poesía”.

Por su parte, el pintor Francisco Castro Leñero celebró a un creador en toda la extensión de la palabra, cuya obra generadora de universos alternos nos interroga y maravilla.

“Poeta lleno de poesía, pero lleno también de música, pintura, cine, fotografía. Francisco Hernández ha mostrado sus pasiones siempre a flor de piel, reiterando la fe poética tatuada en su epidermis. La poesía lo cura. Francisco transforma al mundo y lo convierte en escenario donde se fraguan insólitas historias”.

La poeta y traductora Pura López Colomé ofreció un pequeño recorrido por las claves de la poesía del ganador, de quien dijo, “habla desde una luminosidad que se oscurece, encontrando que las cosas se alientan en su multiplicidad gozosa y doliente.

“He llamado a Francisco Hernández jinete sin caballo desde una manera imaginando a quien tiene un destino y se dirige a él a buen paso, a trote ligero o a carrera, haya o no un vehículo perceptible. En este caso se trata de un poeta jinete que cabalga en, con y contra la palabra a un tiempo visible e invisible en su propia persona física y en la de los demás”.

Antes de concluir con el acto, Francisco Hernández dio lectura a los poemas Hasta que el verso queme; Simulacro atigrado y Hugo Gutiérrez Vega a escena.

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